¿Boicotear directamente, o esforzarse en participar, sacudir el sistema y provocar el debate desde dentro? Este argumento ha dividido consistentemente a los artistas en los eventos culturales celebrados en contextos políticos problemáticos, especialmente cuando se trata de #Israel. El movimiento liderado por Palestina Boycott, Divestment and Sanctions ha tenido un fuerte impacto en la opinión mundial cuando ha pedido que los artistas internacionales no actúen en Israel, argumentando que el estado israelí utiliza la cultura como una herramienta de poder blando para blanquear la ocupación de tierras palestinas y defender el #apartheid, Cuando Hatari, una banda islandesa autodeclarada anticapitalista e inspirada en el BDSM que ha expresado abiertamente su apoyo a #Palestine, decidió actuar en #Tel Aviv# en la final del Festival de la Canción de #Eurovisión de 2019, se desataron la ira y las sospechas escépticas en ambos lados de la división política, opuestas a una buena dosis de de apoyo. La cineasta Anna Hildur se une a la banda y a su equipo y aterriza en el #Oriente Medio# tratando de navegar hacia el espectáculo artístico como acto de solidaridad y #resistencia significativa en su documental A Song Called Hate.
Diferente y marginado
«Todo es política», dice Mira Awad, quien en 2009 se convirtió en la primera palestina (y «probablemente la última», añade con pesar) en representar a Israel en Eurovisión. Esta perspectiva sobre la práctica artística contradice la postura oficial del evento acerca de la necesaria ausencia de declaraciones políticas en la competición, y comulga con la posición de Hatari. Hatari, fue formada en # Reykjavík en 2015, por los primos Klemens Hannigan y Matthías Haraldsson, junto con Einar Stefánsson. Desde el principio, la banda fusionó el arte escénico con la música, mientras intentaban canalizar la indignación y ampliaban un espacio positivo para los sectores diversos y marginalizados de la sociedad, ya incluso antes de que sus preocupaciones se centraran en la opresión estatal. «Libertinaje sin restricciones; resaca incontenida », canta la banda vestida de bondage en uno de sus temas. Su imagen está muy lejos de los actos kitsch, seguros y optimistas típicos de las alineaciones de Eurovisión, y que buscan el mayor atractivo posible. Pero fue exactamente la oportunidad discutir el formato y de llegar a una audiencia global de casi doscientos millones ,y a sus mentes, lo que entusiasmó a Hatari. “Hemos trabajado mucho para ser una banda anticapitalista que participa en un entorno muy capitalista, por eso pensamos que Eurovisión era un camino muy interesante”, han declarado acerca de sus fructíferas ambigüedades y tensiones.

La primera nación
Islandia fue la primera nación de Europa occidental en reconocer la independencia de Palestina, y el fuerte apoyo del pequeño país significó que algunos en casa estuvieron de acuerdo con la opinión del cofundador de BDS, Omar Barghouti, de que participar en una edición de Eurovisión celebrada en Israel es “bailar sobre las tumbas de los palestinos”. Pero los miembros de Hatari se mantuvierno firmes ante la controversia y se aferraron a la idea de que podrían tener una influencia determinante, que podían provocar una discusión crítica al resaltar el contexto en el que se desarrolla el extravagante evento. Su enfoque se basó en creer en el poder de la práctica seria de principios con la intención derribar los muros de separación «antes de que prevalezca el odio». Resultó que uno de sus últimos obstáculos fueron las medidas contra tal interrupción provocadora promulgadas por los organizadores de Eurovisión, ya que las actuaciones «en directo» se ejecutan en realidad con un retraso para que cualquier divergencia de los planes aprobados pueda ser censurada. A pesar de esto, Hatari logró enarbolar banderas palestinas (cuya exhibición estaba prohibida) en la sala verde después de su actuación, un gesto breve, pero que resonó fuertemente con muchos palestinos que consiguieron, brevemente, visibilización.
«Todo es política»
Quizás más importante que el espectáculo de Eurovisión en sí, la película muestra la comprensión intercultural que se fomenta al andar sobre el terreno y conocer a los autóctonos cara a cara, un tipo de conocimiento que nunca se consigue desde la lejanía. Como dice Itay Zalait, un artista contemporáneo israelí a la banda: «No es realmente la historia que os vendéis a vosotros mismos; se ve muy diferente »- el abismo inevitable entre la realidad imaginada y experimentada. Los miembros de Hatari admiten que se sienten abrumados al encontrarse con la enorme complejidad de la vida en la región, ya que «muchas de personas normales» viven sus vidas en medio de la polarización retórica, además del discurso simplista de Internet. Buscan las opiniones de muchos otros artistas allí (incluido el cineasta israelí Nadav Lapid, crítico con el gobierno) y el músico palestino Bashar Murad los lleva en un viaje a #Hebron, a las realidades cuasi penitenciarias de las condiciones de vida en el #Cisjordania#. . Esta conexión entre Hatari y Bashar se tradujo en una colaboración creativa, en un sencillo lanzado más adelante ese mismo año en islandés y árabe, con un video musical filmado en el desierto cerca de Jericó. Si bien algunos críticos de Hatari mantuvieron su postura de que la visita de la banda fue retórica vacua y que seguían siendo cómplices de los aspectos dañinos de Eurovisión, esta película evidencía que el cambio no surge de la bunkerización, sino de la zona maleable de contacto y una curiosidad abierta que busque visiones inclusivas cada vez más amplias.









