Una vez tuve la singular suerte de ver un meteorito con mis propios ojos, cruzando el cielo seguido de una estela de humo, en un valle remoto en #Noruega. Incluso siendo un evento aleatorio, no pude quitarme la sensación de que el avistamiento era algo profundamente significativo: lo extremadamente singular no solo atrae nuestra atención, sino que también tiene un peso específico como evento transformador. Es este poder transformador el que Werner Herzog busca en muchos, si no en todos, sus documentales. La última película de Herzog en colaboración con el vulcanólogo británico Clive Oppenheimer tiene el sugerente título
Asombro y terror
Por supuesto, pueden ser hermosos a la vista, pero el aspecto realmente sublime de los bólidos proviene de la amenaza que representan como una forma concreta de terror cósmico o una especie de asalto astral. La película atañe brevemente a la única persona en los tiempos modernos golpeada por un meteorito, una mujer estadounidense, Ann Hodges, que estaba tomando una siesta en su casa cuando una roca espacial se desplomó por su techo y le quemó el costado en 1956. ¿Quién no sentiría que alguien le está mandando una advertencia después de tener tal experiencia? ¿Pero cuál sería el mensaje? ¿Por qué deberían las aleatórias rocas espaciales preocuparse de los asuntos humanos? La dura visión Herzogiana de la naturaleza tiende a resaltar su crudo sinsentido. Pero incluso vistos desde la perspectiva de un cosmos indiferente, estos eventos fatales y sorprendentes conservan una cualidad fascinante y mítica. Mientras Herzog y Oppenheimer visitan cráteres de meteoritos en diferentes regiones del mundo, recojen mitos locales y religiosos, historias de antepasados aborígenes y cráteres en Australia o estrellas fugaces como vehículos para los antepasados de las islas del Pacífico. En el cráter Ramgarh en Rajastan, #India, junto a un templo tántrico de #Shiva, hablan con la geoquímica Nita Sahai, y discuten la teoría de la panspermia astrobiológica: elementos de la vida, como las proteínas, o incluso la vida misma, podrían provenir del espacio.
Igual que Shiva, el meteorito es un destructor y creador de mundos. Un sadhu local, que vive junto al templo de Shiva en el antiguo cráter, nos asegura que si toda la vida fuera aniquilada, volvería a emerger aquí. En mil millones de años, quizás. Los hindúes no son ajenos a las perspectivas profundas del tiempo; ni a las profundas interrupciones.

Entretenimiento sobre desastres y su ciencia
La perspectiva de una bola de fuego lanzándose a la tierra y arrasando con todo es muy real, y el escenario es tan dramático que también es perversamente entretenido. Impactos como el que arrasó con el mundo de los dinosaurios hace 65 millones de años, han sido dramatizado muchas veces en documentales, y Herzog admite alegremente que le encantan estas escenas, donde los lentos y gigantescos dinosaurios tienen los ojos quemados por el destello del impacto mientras se tambalean antes de que llegue la onda de choque mortal. Mientras visitaba Chicxulub, un pueblo olvidado de la mano de Dios en #Yucatán, donde una vez golpeó este meteoro, Herzog comenta idiosincráticamente, con un desprecio divertido y desmotivado, que los perros en las calles son “demasiado tontos” para entender lo que sucedió aquí.
el aspecto realmente sublime de los meteoritos proviene obviamente de la amenaza que representan como una forma concreta de terror cósmico o una especie de asalto astral.
Herzog parece insinuar que incluso nosotros los humanos justo ahora estamos saliendo de la obscura ignorancia, recién capaces de mirar el cosmos y contemplar nuestras circunstancias más amplias. Y cualquier día podríamos ser aniquilados, dejando en herencia el mundo a las ratas que observarán inconscientes o a cucarachas supervivientes, si no al olvido total. Herzog comenta emocionado sobre las escenas del fin del mundo de la película de desastre Deep Impact, con tsunamis altos como rascacielos golpeando Manhattan. Todos conocemos el evento de Tunguska en 1918. Tarde o temprano vendrá una roca más grande, y si los humanos todavía están presentes para verla, es posible que estemos extrañamente familiarizados con la experiencia por todo un subgénero de películas de desastres de meteoritos, como la orgía de efectos especiales Greeland.
La visita de Oppenheimer y Herzog a la Oficina de Coordinación de Defensa Planetaria en el observatorio Mana Lua en #Hawai demuestra que no són solamente especulaciones de ciencia ficción. Esta oficina monitorea efectivamente los meteoros que se dirigen a la Tierra. Los esquemas para desviar posibles peligros con bombas nucleares, como lo hacen en Armageddon, son discutidos como una opción seria, y hay un cierto alivio cómico en Herzog cuando agradece a los científicos defensores: les asegura que dormirá mejor por la noche sabiendo que están sobre el caso, como si fueran policías patrullando su vecindario.

Fascinaciones fascinantes
En la película, los fascinados cazadores de objetos del espacio son objeto de la fascinación de Herzog. Más que en cualquier otro lugar de la película, una implicación cómplice es evidente en el retrato de un investigador de meteoritos chino que trabaja las llanuras heladas de la Antártida, y donde Clive Oppenheimer también experimenta la emoción de encontrar una roca del espacio exterior. Por un lado, esta es la historia mítica de un buscador obsesionado, un arquetipo en la obra de Herzog. Por otro lado, hay un #realismo obstinado en la narración de Herzog, que desafía al espectador a asimilar esta noble narrativa sin dejar de estar firmemente arraigado. Por lo tanto, la película demuestra cómo lo que es raro y extraordinario se encuentra dentro de lo que parece ordinario. Da un atisbo de la vertiginosa e inmensa extrañeza que envuelve nuestro mundo, que sentimos que es tan íntimamente familiar. Con algo de la imprevisibilidad de la vida misma,







